Devolverle la Ciudad al Niño, Devolverle el Niño a la Ciudad

Devolverle la Ciudad al Niño, Devolverle el Niño a la Ciudad

Laurent Ott.

Los niños no tienen todos las mismas posibilidades de desplacerse de manera autónoma en su entorno. Laurent Ott nos explica por qué este aprendizaje se desarrolla de manera muy desigual según las determinaciones socioculturales de las familias.

Los niños de los barrios más desfavorecidos de las grandes ciudades tienen con frecuencia padres relativamente excluidos de la vida económica, social y cultural, con los que comparten un cierto aislamiento familial: padres desarraigados, separados de su familia extensa, etc.

Este aislamiento parental e infantil es a la vez una traba para la inserción de numerosos niños en su entorno; los medios más favorecidos desarrollan alternativas para superar a ese declive de la vida social, movilizando sus redes de conocidos o utilizando servicios para reemplazarlo, pero son generalmente muy costos.

La inadaptación de las estructuras de animación y ocio clásicas.

Las estructuras profesionales de ocio, de prácticas culturales asociativas o de responsabilidad comunal se han multiplicado.

Animadas por profesionales preparados, han permitido el desarrollo de prácticas específicas con los niños. Si la profesionalización del acompañamiento de la infancia se ha beneficiado de una progresión extraordinaria de la calidad, de la seguridad, etc. , ha sido sin embargo pensada en prioridad para responder a las necesidades de los niños de las clases medias, cuyos ambos padres trabajan.

El conjunto de la población infantil de las ciudades se beneficia en principio de la misma oferta de actividades para niños, en parte gracias a políticas tarifarias para las familias más pobres, pero los niños de todos los medios no se benefician de esta oferta de la misma manera. Efectivamente, las necesidades de guardia no son las mismas para los niños cuyos padres no trabajan o cuando siempre hay alguien en la casa: aún con tarifas adaptadas, acudir de manera regular a las estructuras de ocio o de cultura aparece a menudo como un lujo inútil. Además, la pedagogía destinada a los niños que acuden a las estructuras o actividades, pero que se benefician en su familia de una real inserción cultural y social, no conviene para los niños que no tienen las mismas posibilidades. Estos últimos necesitan de un sistema de acogida menos dependiente del entorno, menos de la actividad, y que contribuirá mejor a sus necesidades de relaciones personalizadas con adultos disponibles e integrados en la sociedad. También esperan de esos sistemas una libertad más grande, en particular de movimiento, más en relación con su propia vida cotidiana.

Los objetivos de las acciones educativas que se llevan a cabo en medios abiertos, en un entorno mas ágil y menos orientado sobre la actividad que las estructuras clásicas, son la disponibilidad y el deseo por una parte importante de la población infantil de beneficiarse de sistemas de acompañamiento diferentes: esos niños desean y esperan un sistema de acogida y de acompañamiento dentro de su propio entorno, en el medio urbano, en la Ciudad.

Une experiencia fragmentada de la Ciudad

Los niños de las clases sociales menos favorecidas se encuentran a menudo encerrados en espacios urbanos reducidos (las escaleras de su edificio, el barrio) y no entienden ni su lógica ni su disposición global.

Por esos motivos, el descubrimiento de su entorno en los tiempos de la adolescencia se hace con frecuencia de manera desorientada, como una aventura en tierras incógnitas, desplazándose en bandas, tomando riesgos y con un sentido de impunidad que uno tiene cuando no está « en su casa », como resultado de esa sensación de extrañeza.

El conocimiento de su entorno por esos niños es heterogéneo: conocen a unos lugares centrales de su Ciudad por haberlos visitado con su escuela (piscina, gimnasio, bibliotecas), pero el espacio entre esos lugares, con frecuencia, es desconocido. De la misma manera, desplazarse solo fuera del barrio es una actitud poco desarrollada.

Y si esos niños conocen, por haberlos visitado, lugares a veces muy alejados de su barrio (centros de vacaciones situados en otras regiones o ciudades del país de origen), esos conocimientos son a menudo dispersos y los niños tienen muchas dificultades para tener una idea precisa de las distancias o del espacio existente entre esos lugares.

Una no educación para desplazarse y desarrollar autonomía

La ausencia de movilidad de las familias, debida a su exclusión de la vida social y económica, provoca una reducción importante del espacio percibido y experimentado por los niños. Pero otros factores contribuyen a reforzar esta tendencia: los medios de transporte como los transportes públicos siguen siendo poco conocidos, y si los niños se desplazan, en particular cuando llegan a la adolescencia, con los autobuses públicos, lo hacen generalmente en raras ocasiones, en trayectos que ya pudieron hacer con otra persona. Es mucho más raro que esos niños adquieran un sentido de orientación global en el tejido urbano que los rodea.

Efectivamente, esas habilidades más elaboradas necesitan de un real aprendizaje que no les ofrece su entorno, ni la escuela, ni las estructuras de la niñez.

Al contrario, en estos últimos años, debido al reforzamiento de rigor de los reglamentos vigentes para los sistemas de acogida y del acompañamiento de los niños, la educación en lo que se refiere a transportes ha experimentado una regresión.

Hace algunos años, era frecuente que las escuelas de los suburbios organizaran viajes al centro de la ciudad utilizando las líneas ferroviarias o el metro regional. El costo era bajo, era práctico y era una verdadera oportunidad de educar los niños sobre el conocimiento de su entorno . Pero los programas de vigilancia antiterroristas (Plan Vigie Pirates) han sido reforzados, y han provocado la desaparición de este modo de transporte escolar desde hace más de diez años, las prácticas educativas de la infancia, basadas sobre la educación a la autonomía y a la responsabilidad se han hecho más escasas: actividades como los scouts han sido duramente cuestionadas a raíz de accidentes, ampliamente comentados en los medios de comunicación, obligando de esta manera los organizadores a allanar los riesgos de las actividades ofrecidas a los niños y adolescentes, para evitar los accidentes y no infringir las reglamentaciones cada vez más draconianas; finalmente la educación al riesgo se encuentra prohibida del área de acción de las prácticas educativas y de ocio. Los niños procedentes de los medios desfavorecidos tienen a menudo padres más miedosos en lo que se refiere a sus desplazamientos. En las familias más aisladas es donde se encuentran la mayor cantidad de rechazos de salida de los niños, aunque sea para viajes escolares o estructuras profesionales de ocio, « porque no conocemos a la gente que cuida a los niños ». Esas familias aisladas reciben informaciones sobre los casos de niños abusados o accidentados en ese tipo de actividades, sin poder relativizarlas por su experiencia directa. Esas angustias afectan las capacidades de responsabilización de las familias desfavorecidas para con sus niños, lo que genera una doble violencia: contribuyen a excluir los niños de las experiencias educativas socializadoras por una parte, y sobre todo llevan a un error de evaluación tanto por parte de los padres como de los niños: los accidentes domésticos o los niños abandonados a su suerte en espacios cercanos a su casa constituyen un riesgo mucho más importante que las informaciones difundidas por los medios. De la misma manera, los abusos de cualquier tipo son una amenaza mayor para los niños encerrados en espacios aislados, que conocen pocos adultos y que han desarrollado pocas relaciones de confianza fuera de sus espacios restringidos…

Pero más allá de esa educación ausente en lo que se refiere a medios de transporte o al conocimiento de su medio ambiente, es toda la autonomía del niño que se encuentra en peligro: fuera de esos medios sociales que hacen un esfuerzo particular, oneroso y voluntario al respecto (envío de niños y adolescentes en el extranjero, en familias, etc.) muchos son los niños que experimentan limitaciones increíbles en lo que se refiere a autonomía y desplazamiento en el seno de las instituciones que los reciben. Varias escuelas limitan cada vez más los desplazamientos de niños, aunque sea para ir al baño o circular por los pasillos, y una vez más los motivos invocados radican en la mediatización de los casos de los raros accidentes, pero también en las constataciones negativas sobre las capacidades de los niños de los medios menos favorecidos en poder asumir ese tipo de responsabilidades. Cuantas veces se puede oír a miembros del cuerpo docente decir « no los dejo desplazarse solos, son niños perturbados », sin que el tema de la enseñanza de la autonomía o del desplazamiento sea abordado de manera global. Si la Escuela no lo hace, quien podrá implementar esta educación en un marco colectivo y socializado? No queda otra opción que la de hacer el constato que las pedagogías que proponen llevar a cabo este tipo de educación a la responsabilidad y a la autonomía progresiva y razonable (pedagogías Freinet y Institucional), se encuentran actualmente en una difícil posición frente al endurecimiento del sistema escolar y de la mentalidad del cuerpo profesoral.

Educar, en la ciudad y para la vida…

Los elementos arriba mencionados se conjugan, desgraciadamente, para crear un tipo de asignación al « aquí y ahora », que afecta principalmente los niños de clases sociales desfavorecidas.

Las reglas destinadas a proteger a los niños y las que proponer al contrario reprimir sus desplazamientos o presencia en espacios públicos o desplazamientos sin boletos, interactúan actualmente para confinar los niños en sus barrios, en un espacio reducido que ya no logran entender y que no los entiende tampoco.

Las presiones penales o morales que ejercen los padres añaden un capa más a este aislamiento, y contribuyen a identificar el entorno urbano y social como una fuente de peligro para los niños, y a través del niño, para sus propios padres. Para escapar de ese peligro, los padres tienden a retirar sus niños de las instituciones en las que podrían enfrentarse con problemas, lo que contribuye a reforzar su aislamiento y su falta de experiencias educativas.

La consecuencia, es que los niños sueñan con escapar de ese aburrimiento; pero sin educación previa, las excursiones que realizan cuando ya son más grandes, confirman a menudo sus miedos y las amenazas que les habían prodigado.

La lógica que se desprende a nivel global de esta política social y educativa, a nivel del país, pero también internacional, es la reclusión en una familia reducida, en un barrio, y porque no en un centro de reclusión y más tarde en una cárcel, para una proporción creciente de jóvenes que provienen de medios sociales desfavorecidos.

Esta situación plantea la cuestión de nuevas políticas educativas y prácticas educativas que tomarían en cuenta esta educación necesaria para entender la Ciudad y la vida social, para todos los niños.

En virtud de lo anterior, resulta urgente desarrollar para el mayor número de personas otros sistemas de acogida, por ejemplo en medios abiertos, permanencias educativas en los barrios, abiertas por las tardes y los fines de semana, el acompañamiento de largo plazo de los niños por equipos estables y valorizados, y basados sobre una cultura de la animación orientada hacia la iniciativa de los niños.

Laurent Ott. Educador y docente, doctor en filosofía. Fundador de la asociación INTERMEDES Robinson. Autor de « Travailler avec les familles ». Ed. Eres, 2004.

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